La ecografía de las veinte semanas era la gran prueba. El escaneo anatómico. El punto donde la medicina dejaba de ser abstracta y empezaba a contar dedos en manos y pies.
Acostada en la camilla de la clínica, el papel crujió bajo mi peso. Mi camisa estaba levantada, exponiendo el vientre que ya no era un secreto. Era redondo, firme e innegablemente un bebé.
Noah sostenía mi mano con tanta fuerza que estaba perdiendo la circulación, pero no me quejé. Su otra mano se aferraba a la barandilla de l