—¡Basta! —suspiró jadeando, alejándome de Leo.
Era como una bestia salvaje que no me daba chance a defenderme.
Me trataba como a un cervatillo que, tras resistirse, termina rindiéndose antes de ser devorado.
—Deje de hacer eso —murmuré, tratando de acomodar mi ropa con las manos temblorosas.
Él cruza las piernas y pasa el pulgar por sus labios con delicadeza. Una sonrisa maliciosa aparece en su rostro.
¿Cómo podía ser tan descarado y, al mismo tiempo, parecer tan, tan genuino?
—Me gustas,