—¿Ya has pensado lo que te dije de cambiar de asistente? —me cuestiona Greta en cuanto cierra la puerta de mi oficina—. El otro día se portó muy grosera conmigo —se queja con un mohín.
—Ya te lo había dicho, no puedo despedirla por qué está embarazada y, además, es muy eficiente —la defiendo con el ceño fruncido.
No deseo confesarle que no quiero prescindir de ella por la simple razón de que no soportaría ya no verla todos los días, aunque nos la pasemos discutiendo esa necesidad de tenerla cer