Capítulo 92.

Ahora se encontraba en la habitación con sus hijos, en el ala más protegida de la inmensa mansión parisina.

El cuarto estaba bañado por una luz cálida y muy tenue, diseñada especialmente por los médicos para no lastimar los ojitos de los recién nacidos.

Elena observaba en absoluto silencio cómo dormían. Sus pequeños pechos subían y bajaban con una normalidad que le devolvía el alma al cuerpo a cada segundo.

—Son unos verdaderos guerreros, papá —susurró Elena, sin apartar la vista de las cunas d
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