El sol de la mañana entraba por los ventanales de la habitación de Anika como un río de luz dorada. Ella se había levantado temprano, antes que Thomas, antes que el bebé. Se había mirado al espejo y había notado que su rostro ya no estaba tan pálido. Las ojeras seguían ahí, pero eran más claras. Los labios, antes grises, ahora tenían un leve tono rosado. Estaba mejor. Mucho mejor.
El médico había dicho que era milagroso. Que después de una hemorragia como la que ella había tenido, la recuperaci