La mañana siguiente amaneció radiante en Miami. El sol entraba por los ventanales de la oficina como un río de luz dorada, y la ciudad se extendía allá abajo, brillante, ruidosa, llena de vida. Juan Diego llegó temprano, antes que nadie, con un traje impecable y una sonrisa que no podía ocultar. Hoy era un día especial. Hoy iba a reconocer el trabajo de su equipo. Apenas llevaba tres días en la ciudad. Le quedaban cuatro más antes de volver a casa. Cuatro días que se le antojaban eternos.
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