Damián se quedó mirando la nota, con las pupilas contraídas violentamente.
Ella decía que ya no lo amaba.
Cerró la mano de golpe y arrugó el papel hasta convertirlo en una bola. Los bordes se le clavaron en la palma y le provocaron un leve dolor, pero no aflojó los dedos.
—¡Mentira! —rugió. Su voz resonó por toda la mansión vacía, como el aullido de una bestia—. ¡¿Cómo que ya no me amas?! ¡Llevas siete años persiguiéndome! ¡¿Y ahora dices que ya no me amas?!
Agarró el anillo y lo arrojó con toda