Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar y había adelgazado considerablemente. Al verlo abrir los ojos, volvió a echarse a llorar. Entonces se quitó el amuleto de protección que llevaba al cuello y, con movimientos torpes, se lo puso a él.—Me lo dio mi abuela. Lo llevo desde niña y nunca me ha pasado nada. —Su voz sonaba ronca y firme—. Ahora te lo doy a ti. Damián, llévalo siempre contigo. A partir de hoy, no vuelvas a hacerte daño.Siempre había detestado a su prometida. Lo lógico habría sido arrancarse el amuleto en ese mismo instante y arrojárselo a la cara. Sin embargo, aquel día, por alguna razón, no hizo nada. Se limitó a soltar una risa burlona.—¿Así que ahora quieres mandarme? ¿Qué sigue? ¿Que no pueda quitármelo en toda la vida?Ella guardó silencio durante mucho tiempo. Finalmente, respondió en voz baja:—El día que deje de amarte, podrás quitártelo. Porque ese día vendré personalmente a recuperarlo.Por alguna razón, al recordar aquellas palabras, Damián sintió algo ext
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