Capítulo 8
Valentina estaba apoyada contra el marco de la puerta. La fiebre la había dejado sin fuerzas, tenía los labios pálidos y apenas podía hablar.

—No lo hice. No tengo nada más que explicar.

—¿Que no lo hiciste? —Damián se acercó paso a paso, con una furia que parecía a punto de estallar—. Primero dejas salir a Nube, luego la encuentras y, después de eso, aparece envenenada. Valentina, ¿me crees idiota?

—Ya te dije que no fui yo. —Valentina repitió las palabras con voz ronca—. Si no me crees, no puedo hacer nada.

Al verla tan obstinada, Damián sintió que la rabia lo consumía todavía más.

Se volvió, tomó una botella de licor fuerte de la mesa y desenroscó la tapa. Luego le sujetó la barbilla con violencia y le vertió el líquido ardiente en la boca.

—¡Muy bien! ¿Así que no quieres confesar? ¡Veamos cuánto tiempo puedes seguir negándolo!

El alcohol le bajó por la garganta y Valentina comenzó a toser violentamente. Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras el licor le quemaba el esófago y le provocaba un dolor insoportable.

Intentó apartarlo, pero la fiebre la había dejado sin fuerzas y no podía liberarse de su agarre.

Cuando ya se había bebido más de media botella, apenas podía respirar de tanto toser. Forcejeó desesperadamente, pero Damián no aflojaba la mano.

—Suéltame... Cof... Suéltame...

Finalmente, consiguió zafarse y salió tambaleándose hacia la puerta. Tenía el estómago revuelto y solo quería encontrar un lugar donde vomitar.

Pero Damián la alcanzó y la agarró por el cuello de la ropa.

Cuanto más intentaba soltarse ella, más fuerte la sujetaba él. En medio del forcejeo, Valentina resbaló, perdió el equilibrio y cayó por encima de la barandilla del tercer piso.

El estruendo sordo del impacto resonó por todo el amplio vestíbulo.

Valentina quedó tendida boca abajo sobre el suelo helado. Sentía como si todos los huesos se le hubieran hecho añicos. Tenía sangre en la frente, los brazos, las piernas... por todas partes.

El dolor era tan intenso que ni siquiera podía gritar. Solo podía encogerse en el suelo y jadear desesperadamente.

Los guardaespaldas corrieron hacia ella. Al ver aquel espectáculo, palidecieron. Uno de ellos alzó la mirada hacia Damián y preguntó:

—Señor, ¿llamamos a una ambulancia?

Damián permaneció en el tercer piso, mirando desde arriba aquella figura ensangrentada. Guardó silencio durante un largo rato.

—No hace falta. —Se dio la vuelta y habló con voz cortante—. Que aprenda la lección. Así entenderá que hay cosas que no puede tocar.

Sus pasos se alejaron y el sonido de una puerta al cerrarse resonó con especial claridad en el silencio.

Valentina seguía tendida en el suelo, consumida por la fiebre, con el cuerpo empapado en alcohol y múltiples huesos fracturados por la caída. Apenas le quedaba conciencia.

La oscuridad fue invadiendo poco a poco su campo de visión. Al final, ya no pudo resistir y cerró los ojos.

***

Cuando volvió a despertar, estaba en el hospital.

El olor penetrante del desinfectante le irritaba la nariz, y el techo era de un blanco cegador.

Había alguien sentado junto a su cama. Valentina tardó un buen rato en reconocerlo: era el asistente personal de Damián.

—Señorita Santillán. —La expresión del asistente era difícil de descifrar—. Ya despertó.

—Yo... —Al intentar hablar, descubrió que tenía la voz tan ronca que apenas se le entendía.

El asistente le acercó un vaso de agua y habló con indiferencia:

—Nube murió. La señorita Navarro está destrozada y el señor Alcázar no se ha separado de ella. Mientras las cosas sigan así, será mejor que no vaya a importunarlo.

Valentina guardó silencio durante un largo rato y luego asintió. Tomó el vaso, pero no bebió ni una gota.

El asistente volvió a preguntarle:

—¿Quiere que le transmita algún mensaje al señor Alcázar?

Valentina contempló el techo y reflexionó durante un buen rato. Al final, solo dijo:

—Dígale que no se olvide de volver para la boda.

El asistente se quedó desconcertado. Evidentemente, no esperaba que ella fuera a decir algo así. Sin embargo, asintió.

—Entendido.

Se levantó y se marchó.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Valentina tomó el teléfono para consultar la hora, pero encontró unos mensajes de sus padres.

“Valentina, Mariana regresa hoy. Aunque todavía no hayas resuelto tus asuntos, tendrás que marcharte de todos modos”.

Se quedó mirando el mensaje durante mucho tiempo. Finalmente, escribió:

“De acuerdo”.

Después de enviarlo, dejó el teléfono a un lado y, soportando el dolor de todo el cuerpo, se encargó personalmente de los trámites para recibir el alta.

Cuando regresó a la mansión, ya casi había anochecido.

Llevaba el equipaje que había preparado con antelación y sostenía entre los brazos una caja de cartón.

Dentro estaban todos los recuerdos que había guardado de Damián a lo largo de los años.

Las cartas de amor que le había escrito y que nunca se atrevió a entregarle. Las había conservado todas en aquella caja.

Los envoltorios de las paletas que él tiraba despreocupadamente y que ella recogía a escondidas para guardarlos.

Las portadas de las revistas en las que él aparecía, que ella recortaba y protegía con plástico.

Y la única fotografía que tenían juntos, tomada durante una reunión familiar a la que sus padres los habían obligado a asistir. Él aparecía con una expresión de fastidio, mientras que ella sonreía con felicidad.

De pie junto a la puerta, Valentina contempló por última vez el lugar donde había vivido durante tantos años.

Ella había elegido las cortinas azul claro de la sala, había seleccionado uno por uno los cojines del sofá y había traído de vuelta del extranjero los platos y cubiertos de la cocina.

Había dejado toda su juventud en aquella casa y, al final, no se llevaba nada consigo.

Valentina se dio la vuelta y arrojó la caja de cartón al contenedor de basura que había junto a la entrada.

Después, subió a un taxi y le indicó al conductor que la llevara al aeropuerto.

El vehículo se alejó lentamente. La mansión se hacía cada vez más pequeña en el espejo retrovisor, hasta convertirse en un punto borroso que terminó desapareciendo en el crepúsculo.

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