Capítulo 6
Valentina quiso explicarse, decirle que la estaban culpando injustamente. Pero, al abrir la boca, solo sintió el intenso sabor de la sangre.

La mirada de Damián se posó en el piano de cola blanco que había en una esquina de la habitación. Valentina lo había llevado consigo cuando se mudó a aquella mansión. Era su posesión más preciada.

En ese instante, pareció encontrar la mejor manera de vengarse de ella.

—Casi lo olvido. Te gusta tocar el piano, ¿verdad?

Apenas terminó de hablar, recogió un trozo del jarrón roto que había en el suelo y agarró a Valentina de la muñeca. Antes de que ella pudiera reaccionar, le pasó el afilado fragmento por la muñeca con todas sus fuerzas.

—¡Aaah!

Valentina soltó un grito desgarrador. Un dolor insoportable le atravesó la muñeca y la sangre comenzó a brotar a borbotones, empapándole la mano en un instante.

—Da... Damián... —Se estremecía por el dolor. Apenas podía articular palabra y solo atinaba a mirarlo con desesperación.

Damián la soltó y contempló cómo se encogía de dolor en el suelo. No había ni el menor rastro de compasión en sus ojos, solo el frío placer de la venganza.

—Recuerda esto: si te metes con ella, yo destruiré lo que más amas.

Se dio la vuelta, rodeó con los brazos a Abril, que temblaba de miedo, y le habló con dulzura:

—Vamos. Vámonos de aquí. Este lugar está demasiado sucio.

Los dos se marcharon juntos. El sonido de sus pasos se fue apagando hasta desaparecer al final del pasillo.

Valentina quedó tendida en un charco de sangre. Le dolía tanto que ni siquiera podía gritar.

Mientras su conciencia se desvanecía poco a poco, recordó vagamente algo que había ocurrido muchos años atrás.

En aquel entonces, todavía estaban en la escuela. Valentina había preparado chocolates con sus propias manos para llevárselos a Damián. Al pasar por detrás del gimnasio, lo oyó conversando con varios de sus amigos.

—Damián, hay tantas chicas detrás de ti. ¿Qué clase de mujer te gusta, al final?

El joven Damián estaba apoyado contra la pared, con una paleta entre los labios. Sonreía con aire despreocupado, y en su mirada se adivinaba un toque de arrogancia.

—Una que sepa tocar el piano.

Desde aquel día, Valentina se entregó a practicar como una obsesionada. Pasaba horas y horas frente al piano, hasta que se le hinchaban los dedos y las yemas se le llenaban de callos.

Soñaba con tocar algún día para él la melodía más hermosa del mundo.

Pero ahora...

Bajó la mirada hacia su muñeca, cuya piel estaba desgarrada y cubierta de sangre, y de pronto sintió ganas de reír.

Había pasado tantos años practicando el piano y, al final, había sido él mismo quien le había arrebatado la posibilidad de tocarlo.

La oscuridad fue apoderándose de su visión. Finalmente, ya sin fuerzas para resistir, perdió el conocimiento.

***

Cuando volvió a despertar, estaba acostada en la cama de su habitación. El charco de sangre había sido limpiado y el médico particular estaba guardando su botiquín.

Al verla despierta, el médico suspiró y le habló con pesar:

—Señorita Santillán, su mano... La lesión ha dañado los tendones y los nervios. Me temo que, a partir de ahora, tendrá dificultades para realizar movimientos que requieran mucha precisión. En cuanto al piano, no podrá volver a tocar con la misma destreza de antes.

Valentina se quedó mirando la muñeca, completamente envuelta en vendas, y guardó silencio durante largo rato.

—Entiendo —murmuró.

Después, cerró los ojos lentamente.

Durante los días siguientes, la mansión permaneció bastante silenciosa.

Damián se había ido de viaje con Abril. Según decían, quería ayudarla a superar el trauma del secuestro.

Abril publicaba fotos en sus redes sociales todos los días. En todas aparecían juntos, en actitudes cariñosas.

En la playa, en la montaña, en el hotel...

Las acompañaba siempre la misma frase: “Cada día a tu lado es dulce”.

Antes, al ver fotos así, Valentina se entristecía, lloraba y se preguntaba por qué Damián no podía amarla, qué tenía ella de menos que Abril.

Ahora, simplemente pasaba de largo con el dedo, sin que nada se moviera en su interior.

Pronto, ella dejaría de ser su prometida. ¿Qué más le daba a quién amara él?

Todos los días ordenaba sus pertenencias y las guardaba poco a poco en cajas.

Ropa, libros y algunos objetos pequeños que había ido acumulando con los años.

Llevaba siete años viviendo en aquella casa y, aun así, todas sus pertenencias apenas ocupaban tres cajas.

Aquel día, mientras ordenaba la estantería, llegó de repente el mayordomo de los Santillán.

—Señorita Valentina. —Su voz era cortés, pero distante, muy distinta de la reverencia con la que solía tratarla—. Sus padres me han pedido que le informe de que señorita Mariana regresará en los próximos días. Le han comprado este boleto de avión. Esperan que resuelva cuanto antes los asuntos pendientes aquí y se marche en la fecha prevista.

Valentina tomó el boleto, comprobó la fecha y asintió.

—Entiendo.

El mayordomo inclinó la cabeza y se marchó sin añadir nada más.

Poco después, el rugido familiar de un motor resonó en el exterior.

Valentina miró por la ventana. Era el auto deportivo negro de Damián.

Entró con el frío de la calle aun calándole el cuerpo. Frunció el ceño y siguió con la mirada al mayordomo que se alejaba antes de preguntar con evidente impaciencia:

—¿Qué hacía aquí el mayordomo de los Santillán?

Sin que él se diera cuenta, Valentina guardó el boleto de avión en un cajón de la estantería. Luego se volvió hacia él y cambió de tema con indiferencia.

—¿Por qué has vuelto de repente? ¿No estabas disfrutando de tus vacaciones con Abril? Pensé que no regresarías hasta dentro de un mes, como mínimo.

Damián soltó una risa fría, se aflojó la corbata de un tirón y dejó la chaqueta sobre el respaldo del sofá. Después, se dejó caer en el mullido asiento de cuero.

—¿Crees que quería volver?

Alzó la mirada hacia ella y dijo con sarcasmo:

—Vaya, parece que has aprendido a quejarte con tus padres. Los tuyos fueron a mi casa para hablar del matrimonio y dijeron que tenemos que casarnos antes de que termine el mes.

Hizo una pausa y la miró con frialdad.

—Valentina, te lo advierto: aunque nos casemos, no esperes que te preste la menor atención. El único amor de mi vida siempre será Abril.

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