—Manuel, habla claro y deja de dar rodeos —exigió Walter, impaciente.
La noche envolvía la ciudad con un manto oscuro y gélido.
Los barcos mercantes se mecían inquietos en la costa, mientras los hombres yacían lamentándose en el suelo.
Walter observó cómo Manuel se daba la vuelta y le hacía un gesto con la mano, sin pronunciar una sola palabra.
Simón se interpuso antes de que pudiera ir tras él.
—Señor Guzmán, no se deje engañar por Manuel. Quizás solo esté divagando. Enviaré a alguien a protege