El hombre soltó una carcajada estruendosa, incluso un poco desagradable.
—¿Tú? —Lo miró de arriba a abajo, sus ojos llenos de escepticismo y burla hacia Mariana.
Mariana levantó una ceja: —Sí, soy yo.
—¡Bah! —El hombre escupió, maldiciendo a Mariana—. ¿Cómo te atreves a suplantar a M? ¡Qué chiste!
Además, ¿quién querría mezclarse con una mujer? Preferiría morir antes que hacer eso.
Si se difundiera, seguramente se convertiría en el hazmerreír de sus subordinados.
Mariana se quedó sin palabras.
M