Walter frunció el ceño, desconcertado. ¿Mariana había llorado aquí toda la noche? Sonaba un poco increíble.
La dueña del restaurante se acarició la barbilla y, de repente, sus ojos se iluminaron, exclamando: —¡Oh, ya me acordé! ¡Eras de la facultad de medicina, ¿verdad?!
Mariana no pudo evitar toser ligeramente y esbozó una sonrisa torpe en sus labios. —Señora, creo que me está confundiendo con otra persona. ¡Es mi primera vez aquí!
¡No iba a admitir que ella era la tonta que, tras ser plantada