El hombre sostenía un cuchillo en la mano, vestido con ropa que parecía haber sacado de un basurero, y sus zapatos de tela estaban llenos de agujeros, como si se burlara de su miseria. Su barba estaba desaliñada y su piel quemada por el sol, parecía un tubérculo chamuscado.
—Aquí es un hospital, no puedes hacer escándalo —dijo Mariana sin mostrar miedo.
—¡Me vale madre lo que sea! ¡Haz que mi mujer salga de aquí, ahora mismo! —gritó el hombre con una furia tal que las lámparas del techo parecían