En ese momento, otro hombre salió del baño. Al ver a Mariana, se quedó petrificado al instante, dudando si había entrado en el lugar equivocado.
Mariana tragó saliva y, avergonzada, se giró para escabullirse.
Pero Walter no estaba dispuesto a dejarla ir; la agarró del brazo y la miró fijamente. Su mirada a veces era tan profunda como un lago, otras fría como el hielo.
Mariana frunció el ceño, advirtiéndole con la mirada que la soltara de inmediato.
Walter, sin embargo, actuó como si no hubiera v