Mariana no había terminado de hablar cuando Alfredo levantó la copa y se la bebió de un trago, como si fuera agua.
Después de eso, dejó la copa y sonrió tanto que sus ojos parecían dos rayitas. —¿Qué tal? ¿Te parece que fui lo suficientemente sincero?
Mariana levantó una ceja y, esbozando una sonrisa encantadora, respondió: —Claro que sí. Gracias por el gesto, ahora me toca a mí.— Dicho eso, levantó su copa con elegancia y también se la bebió de un trago, con movimientos fluidos y naturales.
Ell