La relación entre los tres estaba tan enredada que parecía un ovillo de lana, y Eduardo ya casi no podía entenderla.
—Hermano... —Jimena jaló suavemente la manga de Eduardo, diciendo con un puchero— Hermano, me equivoqué...
Eduardo suspiró resignado al verla así. Esa chica siempre acudía a él a llorar cuando se sentía herida, ¿cómo podía negarse?
Tendió la mano y le dio un toque ligero en la frente a Jimena.
De inmediato, sus ojos se llenaron de lágrimas y, sollozando, dijo: —Hermano, de verdad