—¡Mi hija!
—¡Jimena!
—¡Ah!
El grito desgarrador de la mujer resonó en sus oídos.
Mariana se dio la vuelta y vio a los policías y familiares que entraban a toda prisa.
Hadya casi corría, desesperada por lanzarse sobre Jimena.
Jimena yacía en el suelo, retorciéndose, hasta que, poco a poco, dejó de moverse.
Ella siempre había estado observando a Mariana, pendiente de cómo se movían sus labios. Tal vez estaba tratando de decir un "lo siento", o quizás un "no puedo creerlo"...
Pero todo eso ya no im