Mariana aún no había tenido tiempo de agacharse cuando sintió que alguien le agarraba el brazo y, de repente, la empujaban al suelo.
Podía sentir claramente que alguien la cubría. Esa persona respiraba con dificultad, y su aliento era especialmente cálido a su lado.
Mariana tomó suavemente el dobladillo de su camisa, reconociendo al que la protegía: Walter.
Cerró los ojos, y su corazón, que estaba en vilo, encontró un pequeño respiro gracias a su protección.
—¿Mariana, estás bien? —preguntó él,