—Walter, ¿llegaste a casa? —sonó la voz de Jimena, tan suave como una nube flotando en el viento.
Walter miró hacia la puerta y, bajando la voz, respondió: —Sí, ya llegué.
—¿Puedes llevarme al trabajo mañana en la mañana? —preguntó ella con una sonrisa tímida, y su tono era tan coqueto que casi se podía sentir a través de la pantalla.
Él bebió un poco de agua, reflexionó por un momento y contestó: —Te recojo después del trabajo.
Mañana por la mañana, tendría que ir a la cárcel a averiguar algo.