—Mariana, no llores —su voz era suave y tierna, como si estuviera consolando a un niño.
Mariana, sin embargo, al escuchar su tono delicado y seductor, no pudo evitar que las lágrimas cayeran más rápidamente. Giró la cabeza y, con la espalda a Walter, se limpió las lágrimas, dejando que su maquillaje se desdibujara en su rostro.
Walter se sentía confundido, pero sabía que cada lágrima de Mariana era por él. Así que, si ella lloraba, era justo que él se culpara a sí mismo.
Walter no se acercó, sin