—Pero Eduardo, mamá está soñando. Soñó que Rania no la estaba pasando bien allá afuera. ¿Crees que el destino nos está culpando, que no hemos tratado bien a Jimena? —Hadya lloraba desconsoladamente, apretando con fuerza el brazo de Eduardo.
Eduardo miró a Hadya, sintiéndose abrumado.
Frunció el ceño y luego bajó la vista hacia la mano de Hadya que sujetaba su brazo. Los dedos de Hadya estaban pálidos, evidenciando el dolor que sentía.
—Mamá, no pienses así. Jimena nunca podrá ser Rania, y Rania