Mariana se cambió rápidamente y se dirigió al hospital.
Al llegar, se cruzó con Walter, quien estaba al teléfono. Sus ojos estaban rojos, resultado del agotamiento; tan absorto estaba que ni siquiera la notó pasar a su lado.
Él estaba de pie en la parte superior del pasillo, con la intensa luz del mediodía cayendo sobre él, como si intentara atravesarlo.
Se frotó la frente con una mano y luego la colocó sobre su estómago.
Mariana lo observó durante un buen rato, sin haberlo visto nunca tan abati