Eso le cuesta una nueva bofetada, pero no lo detiene. Vuelve a decirlo y con todo el dolor de mi corazón, dejo que mi mano marque su cara una vez más.
—¡Cierra la boca! —mi voz resuena con un eco de angustia.
—Puedes seguir golpeando el resto de tu vida, porque no dejaré de decir cuánto te amo.
—Entonces pierde el resto de tu vida repitiéndolo, pero ya no lo escucharé. Mi corazón ha cerrado las puertas para ti, con doble candado y portones de acero reforzado. Adiós, Esteban Martinelli. Que siga