Antes de que pusiese hablar escuchamos la voz de Carlos, la tomo de la mano y corremos escaleras arriba. Sin mirar atrás seguimos subiendo como dos niños en fuga por sus travesuras.
—¿Por qué corremos? — pregunta ella.
—Porque no queremos ser interrumpidos — digo un poco agitado.
—No sé tú, pero no suelo hacer ejercicios y este exceso de cardio me dejará echa trapo sobre la cama.
—Con gusto te acompañaré hasta que te recuperes.
—No voy a dejarte cruzar la puerta de mi habitación— aclara con cie