“No solo necesitaré una copa, sino toda la botella”, pienso mientras abro la puerta del ascensor. Bajo al primer piso y unos minutos interminables después, la puerta se abre y aparece Milena, la última persona que quiero ver en este momento. Se sorprende al encontrarme y luego sonríe de manera extraña, una sonrisa que me resulta inquietante, especialmente cuando está enojada. Ingresa de inmediato, impidiéndome salir.
—Pero miren a quién tenemos aquí —dice de manera maliciosa—. Al gran Esteban M