Me apresuro a pagar la cuenta y salgo rápidamente del lugar. Roger, que ha permanecido en silencio durante todo el incidente, me sigue y se sube al auto. Muevo el coche apenas unos metros de la entrada, mientras el tumulto de la cafetería se desvanece en el retrovisor.
—¿Qué haces? —pregunta Roger, con preocupación.
—¿Qué no ves? La estoy esperando.
—No creo que sea prudente que la veas ahora. Allá adentro dejó claro que no te necesita. Ya lograste que te odie; ¿qué más quieres?
—Hablar con ell