El hombre le agarró la muñeca. No la apartó, pero su fuerza le impedía cerrar la garra con facilidad. Ava suspiró, levantando la mirada con sus ojos acuosos como una cierva. Esa vez no estaba fingiendo; no podía resistirse al poder, no podía resistirse a ese hombre que podía dominar cualquier situación.
—¿Estás disfrutando esto? —Sebastián dejó escapar una risa sorprendida, mirando hacia abajo, al rostro aparentemente inocente de ella. Finalmente, por primera vez en la noche, un brillo apareció