Apreté el informe hasta que se me blanquearon un poco los nudillos.
Mónica era muy ambiciosa en su trabajo y le daba miedo el dolor. Repetía que un embarazo arruinaría toda su vida e insistía en que no tuviéramos hijos. Me preocupaba por ella, así que acepté, aunque a mí me encantaban los niños.
Desde que nos casamos, siempre habíamos usado anticonceptivos. Pero hacía poco Mónica había leído en internet el caso de una pareja que había decidido no tener hijos. Al llegar a la mediana edad, él se arrepintió; como su esposa ya no podía quedar embarazada, buscó una amante para tener un hijo.
Mónica dijo que tenía miedo de que yo hiciera lo mismo. Para tranquilizarla, ignoré las objeciones de mis amigos y mi familia y al día siguiente fui a hacerme una vasectomía.
Pensaba decírselo en nuestro quinto aniversario de bodas, para que no volviera a preocuparse. Jamás imaginé que no me daría la oportunidad.
La enfermera me explicó que podía consultar a un urólogo sobre la posibilidad de revertir la vasectomía. Había pasado poco tiempo desde la operación y aún tenía esperanzas de recuperar la fertilidad.
Todavía estaba decidiendo si debía operarme cuando se abrió la puerta. Mónica entró con el sobre que le había dejado a Adrián al mediodía y una expresión de disgusto.
Me lo arrojó encima.
—Ya firmé los documentos. La compra de la casa es un asunto personal. No vuelvas a traer esas cosas al hospital. ¿Qué va a pensar Adrián?
Casi me reí. Creía que eran los documentos de la casa y había firmado sin leerlos. Mejor así: me había ahorrado una discusión.
Guardé el acuerdo en mi bolso. Aún faltaba formalizar el divorcio, pero mi decisión ya estaba tomada. En lugar de angustiarme, sentí que me quitaban un peso de encima.
Al ver que no decía nada, Mónica suavizó la expresión.
—Descansa. Tengo que seguir trabajando. Me voy.
La miré a la cara y no pude evitar preguntarle en voz baja:
—¿Ni siquiera te da curiosidad saber por qué estoy en una cama de hospital?
Se sorprendió un instante.
—Es tu problema de estómago de siempre, ¿no? —respondió con indiferencia—. En cuanto descanses, vuelve a casa. No ocupes una cama del hospital sin necesidad.
La miré sin reaccionar, con un dolor sordo en el corazón, como si alguien me lo apretara con fuerza.
Tenía problemas de estómago. Antes, ella siempre llevaba mi medicamento en el bolsillo. Si me sentía mal, me traía agua y me ayudaba a tomarlo.
Hacía mucho que había dejado de llevarlo consigo, aunque yo no sabía exactamente cuándo.
La semana anterior, al lavar su bata, encontré un gemelo de camisa. Era gris plateado y tenía unas iniciales grabadas. Lo había visto en el puño de la camisa de Adrián.
Ya no importaba. Estaba tan cansado que ni siquiera tenía fuerzas para pedirle explicaciones.
Miré a Mónica y abrí la boca para hablarle de la operación, pero alguien empujó la puerta.
—¡Mónica!
Un médico entró con el rostro lleno de angustia.
—¡Un paciente está empeorando! ¡Los familiares están alterados y quieren golpear a Adrián! ¡Venga, por favor!
La expresión de Mónica cambió de inmediato. Se dio la vuelta y salió sin dudar un segundo, sin siquiera mirarme. Solo le importaba Adrián.
La vi desaparecer por la puerta, llena de preocupación, y lo último que me quedaba de apego se desvaneció.
¿Por qué iba a renunciar a tener hijos por alguien así?
Cerré los ojos y tomé una decisión. Toqué el timbre para llamar a la enfermera de turno y, con el informe apretado en la mano, dije despacio:
—Quiero que me programen la cirugía de reversión lo antes posible.