Elegiste A Otro, Ahora Olvídame
Elegiste A Otro, Ahora Olvídame
Por: Ángela Lara
Capítulo 1
Cuando llegaron las flores aquel día, me alegré de verdad. Pensé que Mónica por fin había tenido el detalle de prepararme una sorpresa para nuestro aniversario.

Pero al abrir la tarjeta que venía entre las flores, la sonrisa se me congeló.

"Gracias, Mónica, por viajar especialmente para operar a mi tía. Toda mi familia está muy agradecida. Elegí estas flores para ti porque creo que representan muy bien lo nuestro. Espero que te gusten. Adrián Vega".

La mano me tembló y el ramo cayó al suelo.

Tres años atrás, mi padre había enfermado de gravedad. Los médicos dijeron que necesitaba una operación urgente, pero el hospital de nuestro pueblo no tenía a un cirujano que pudiera operarlo y él no estaba en condiciones de soportar un traslado largo.

Le supliqué a Mónica que fuera a operarlo. Me respondió:"El hospital nos prohíbe operar en otros centros. No puedo saltarme las reglas por una relación personal."

Mi padre murió en la ambulancia, durante el traslado. Esa pérdida se convirtió en el dolor más grande de mi vida.

Para su funeral elegí daturas negras. Para mí, simbolizaban una muerte inesperada y el amor que sentía por él.

Ahora comprendía que aquella muerte quizá se habría podido evitar.

Muchas veces me había despertado a medianoche y había llorado en silencio al recordar a mi padre agonizando, con el cabello entrecano. Me repetía que no debía guardar rencor a Mónica: cada persona tenía principios que necesitaba defender.

Ahora sabía que las reglas podían romperse y los principios podían ceder. Simplemente, yo, Diego Salazar, no lo merecía.

Después de colgar la llamda con Tomás, metí en la basura todos los globos y las cintas con los que había decorado la casa. Busqué guías de la ruta que mi padre y yo siempre habíamos querido recorrer en auto.

Se veían montañas nevadas, praderas, lagos y una carretera que se perdía en el horizonte.

Mi padre y yo habíamos prometido recorrerla algún día en auto, con la cámara. Después de su muerte, Mónica intentó consolarme diciéndome que haría conmigo ese viaje que había quedado pendiente.

Desde su ascenso a médica de planta, Mónica estaba tan ocupada que ni siquiera tenía tiempo para comer. Me dolía verla revisar expedientes y escribir artículos de investigación mientras el hambre le provocaba dolor de estómago.

Por eso había cerrado mi estudio de fotografía.

Aunque ese año había ganado un premio nacional de fotografía y tenía ofertas de varias empresas de primer nivel, con un futuro prometedor por delante, había renunciado a todo sin mirar atrás.

Más tarde, Mónica se convirtió en la jefa de cirugía cardíaca más joven del hospital y se hizo un nombre en su especialidad. Durante un tiempo creí que mis sacrificios habían valido la pena.

Qué ironía, al pensarlo ahora.

El sonido de la cerradura interrumpió mis pensamientos. Mónica había regresado.

Se quitó el abrigo, miró la mesa vacía y frunció el ceño.

—¿Y la comida?

No levanté la vista de la computadora.

—No tengo ganas de cocinar. Estoy cansado.

Frunció aún más el ceño.

—¿Más cansado que yo, que vengo de trabajar?

Antes de que pudiera responder, sonó su celular. Vio quién llamaba y contestó casi al instante.

—¿Qué pasó?

Al otro lado se escuchó una voz masculina y suave. La tensión desapareció de su rostro e incluso se le dibujó una ligera sonrisa.

—Tranquilo, voy para allá.

También se oyeron las bromas de sus compañeros del hospital.

—¡Otra vez Adrián pidiendo refuerzos!

—¡Venga pronto, Mónica! ¡Adrián ya no da más!

Las risas no paraban. El ambiente era relajado, con ese entusiasmo de quienes disfrutan emparejando a dos personas. Yo era su esposo, pero parecía un extraño.

Al colgar, Mónica volvió a ponerse el abrigo que acababa de quitarse.

—¿Era Adrián? —pregunté.

Se detuvo un instante.

—Un paciente tuvo una complicación y necesita que vaya. Hay una vida en juego. No empieces a imaginar cosas.

Se dio la vuelta para salir. La miré y recordé que la semana anterior también se había marchado con esa misma prisa, diciendo que tenía un viaje de trabajo de tres días.

Ahora sabía que había recorrido quinientos kilómetros para operar a la tía de Adrián.

—Mónica.

Se volvió.

—¿Qué pasa?

La miré a los ojos y pregunté en voz baja:

—¿Recuerdas qué día es hoy?

—¿Primero de junio? —respondió sin pensarlo.

Sonreí. Lo había olvidado de verdad.

Era nuestro quinto aniversario de bodas. Por suerte, también sería el último.

—Nada. Que te vaya bien en el trabajo.

Aparté la mirada. Ella me observó como si hubiera notado algo. Después de un breve silencio, dijo con cierta rigidez:

—Vuelvo cuando termine. ¿Quieres que te traiga algo para cenar?

Negué con la cabeza.

—No hace falta.

Nunca más haría falta.

Cuando se fue, fui solo al restaurante donde había reservado una mesa una semana antes. Afuera brillaban los fuegos artificiales y las parejas estaban juntas; yo era el único que estaba solo.

—Señor, ¿cuándo llegará su acompañante? —preguntó el mesero.

—No va a venir —respondí con una sonrisa.

No volvería a venir nunca.

Después de comer, llamé a la concesionaria.

—Quiero una camioneta todoterreno resistente. Mi presupuesto es de ciento sesenta mil dólares.

El gerente dijo que tenían un modelo que cumplía mis requisitos, pero se vendía tanto que no había ninguno disponible. Tardarían una semana en traerlo.

Quería dejar atrás aquella vida. Ese viaje sería el primer paso para empezar de nuevo.

—Me quedo con esa. Avíseme cuando llegue.

Colgué y abrí el navegador para seguir consultando las guías de viaje. A medida que pasaban las fotos, el sueño que había dejado de lado durante cinco años parecía cobrar vida otra vez.

Poco después me llamó Tomás. El acuerdo de divorcio estaba listo y me lo había enviado por correo electrónico.

—Está bien —murmuré.

Guardó silencio un momento antes de preguntar:

—La amas tanto. ¿De verdad puedes dejarla ir?

—¿Alguna vez has visto a Mónica romper sus principios y hacer lo que sea por alguien? —le pregunté.

—No —respondió con sinceridad.

—Yo sí.

Miré la inmensa oscuridad al otro lado de la ventana, con una sonrisa amarga.

—Pero nunca por mí.

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