DESTRUCCIÓN
En la quietud de la noche, el bosque que rodeaba el territorio de la manada de la Luna Azul parecía envuelto en oscuridad. Sin que la manada lo supiera, un grupo de astutos pícaros había estado acechando cerca, observando los movimientos de la manada y esperando pacientemente el momento oportuno.
Silenciosos como sombras, los pícaros se movían con la máxima precisión, evitando incluso el más mínimo chasquido de una ramita. Habían estudiado cuidadosamente las rutinas y patrones de la