La mansión Saavedra se alzaba majestuosa en el corazón de Porto, con sus altos muros de piedra y grandes ventanales que reflejaban la opulencia de la familia. En el interior, el ambiente era tenso; Juan Saavedra, el jefe de la familia, estaba atado a una silla en su lujosa oficina, un lugar que normalmente invitaba a la paz y la reflexión. Sin embargo, esa tarde estaba impregnada de una inquietud palpable.
Enrique Mendoza, su sobrino, se había adueñado de la situación. Con una mirada oscura y d