Esa noche soñé con Amelia.
No de peligro.
No de pérdida.
La soñé riendo, mayor, corriendo por un campo abierto donde nadie la miraba para medir lo que representaba. Ella era sólo una niña, libre de símbolos, libre de expectativas. En el sueño la seguí sin urgencia, sin miedo, porque el mundo finalmente había aprendido a sostener a sus hijos sin intentar poseerlos.
Me desperté con lágrimas en las mejillas.
La realidad volvió lentamente. La habitación del hotel. El sonido lejano del océano.