La noche anterior a la cumbre no empaqué nada.
No porque no estuviera preparada, sino porque todo lo que necesitaba ya estaba dentro de mí.
Miedo, resolución, amor, rabia, paciencia.
Viajaban más livianos que la ropa.
Me quedé en la habitación de Amelia mucho después de que ella se hubiera quedado dormida, observando el lento ritmo de su respiración. Cada elevación de su pecho se sentía como una promesa que le había hecho al universo sin siquiera decirla en voz alta. Protégela. Incluso si e