Toda la ciudad de Chicago se extendía bajo nosotros, pero la vista no me importaba. Lo único que veía era la larga mesa negra situada en medio de la sala.
Y a Raphael.
Estaba sentado a la cabecera con una computadora portátil abierta delante de él, cuya tenue luz iluminaba los marcados ángulos de su rostro. Llevaba un traje de corte impecable, de esos que parecían confeccionados exclusivamente para su cuerpo.
Unos delgados anteojos de lectura descansaban sobre la parte baja de su nariz, aunqu