Jordan no apartaba la vista de Ciel.
El sudor le corría por la sien, la espada aún levantada, pero lo que más lo consumía no era el eco de las campanas ni el terror que oprimía a todos… sino la escena frente a sus ojos.
Ian, exhausto, la sostenía contra su pecho, cuidándola como si fuera lo más valioso del mundo. Su voz, ronca, susurraba con una ternura que Jordan jamás había visto en él:
—Respira, Ciel… yo estoy aquí. No te dejaré…
Las manos de Ciel, inconscientes, se aferraban débilmente al c