La lanza que brotó de las manos de Ciel vibraba con una fuerza imposible de describir: no era solo luz, ni solo oscuridad, era ambas cosas en un equilibrio precario, como si todo el universo hubiera encontrado un instante de tregua dentro de ella.
El vacío entero se abrió con su paso. Cada pisada que daba rompía el suelo en grietas de plata y obsidiana.
Artaxiel rugió, extendiendo sus alas de sombra que devoraban las estrellas.
—¡Eres mía, Eclipse! ¡No puedes existir sin mí!
Ciel apretó los die