El silencio tras la implosión era sofocante.
Solo se escuchaba la respiración débil de Ciel, el crujido de las ramas carbonizadas y el lejano ulular de un viento helado que parecía arrastrar lamentos.
Leonardo sostenía a su hija contra su pecho, con los ojos enrojecidos por la ira y la impotencia. Cada latido de ella era un milagro, y aun así, su aura lo aterraba: no era humana, ni enteramente vampírica. Era algo más. Algo que nadie podía comprender todavía.
Ian, tambaleante, avanzó unos pasos,