capitulo 52

El silencio tras la implosión era sofocante.

Solo se escuchaba la respiración débil de Ciel, el crujido de las ramas carbonizadas y el lejano ulular de un viento helado que parecía arrastrar lamentos.

Leonardo sostenía a su hija contra su pecho, con los ojos enrojecidos por la ira y la impotencia. Cada latido de ella era un milagro, y aun así, su aura lo aterraba: no era humana, ni enteramente vampírica. Era algo más. Algo que nadie podía comprender todavía.

Ian, tambaleante, avanzó unos pasos,
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