El espejo invisible del vacío se quebró en mil pedazos, flotando como fragmentos de luz y sombra alrededor de Ciel. Ella permanecía en pie, temblorosa, mientras el titán de Artaxiel se retorcía en la penumbra.
Su voz retumbaba en el abismo:
—Crees que puedes desafiarme, niña… ¿a mí, que moldeé la noche y la sangre?
Ciel respiraba con dificultad, los ojos celestes bañados por lágrimas ardientes.
—No me importa lo que hayas sido. No me importa si eres el primero, el eterno, el origen. Yo no nací