Ciel se desplomó en los brazos de Ian, temblando, con el sudor resbalando por su frente. El resplandor que había nacido en ella poco a poco se apagaba, pero no desaparecía del todo; quedaba como un pulso latente bajo su piel, como si una estrella estuviera atrapada en su interior.
El campo de batalla estaba en ruinas. Muros derrumbados, cadáveres de guerreros de distintos clanes esparcidos, y en el aire aún flotaban restos de polvo y ceniza de lo que había sido el choque entre luz y oscuridad.