El vacío se estremecía como un corazón en agonía. Cada segundo que pasaba, la frontera entre la luz y la oscuridad se quebraba, como un espejo resquebrajado que amenazaba con romperse en mil pedazos.
Ciel estaba en medio, de rodillas, con el cabello cayendo como cascada entre luz y sombras. Su piel brillaba y al mismo tiempo se agrietaba, como si algo desde dentro quisiera desgarrarla.
—No puedo… no puedo más… —susurró, con la voz entrecortada, mirando la nada.
Detrás de ella, Artaxiel se erguí