El ojo del Devorador no era un ojo en el sentido humano: no tenía iris ni pupila. Era un abismo líquido, donde giraban constelaciones rojas y negras, como si el cielo se hubiera invertido dentro de él. Mirarlo demasiado tiempo era sentir que tu propia sangre quería salir de tu cuerpo para obedecerlo.
Ciel apretó la lanza.
—No lo dejaré salir… —su voz sonó como un juramento, pero también como un rezo desesperado.
Leonardo dio un paso adelante, colocándose a su lado.
—Entonces no mires al ojo. Es