Los dos pares de ojos brillaban en la espesura, estáticos, como si no necesitaran parpadear. Uno era rojo como la sangre derramada, el otro de un ámbar frío e inhumano. Ninguna hoja crujía bajo sus pies. Ningún sonido delataba su presencia.
—¿Entonces esa es la niña? —murmuró una voz femenina, rasposa como el roce de un cuchillo contra piedra.
—La sangre no miente —respondió otra voz, más profunda, masculina—. La marca de Ian aún arde sobre su cuello.
—Jordan también la tocó —dijo ella, con des