La tierra seguía vibrando cuando Jordan sujetó por el cuello a Ian, empujándolo contra el tronco de un roble centenario.
—¡Jamás voy a permitir que la uses! —rugió Jordan, con los ojos encendidos—. ¡Aunque tenga que matarte!
Ian enseñó los colmillos, furioso.
—Inténtalo, bastardo. ¡Tú no la mereces!
Antes de que se desataran, dos figuras imponentes aparecieron al mismo tiempo entre la niebla.
Uno vestía de negro absoluto, con una capa como alas de murciélago. Su presencia apagaba el mismo aire.