CAPÍTULO XXII
El regreso que no salva
Ciel no volvió envuelta en luz.
Volvió agotada.
El asentamiento la sintió antes de verla: el eclipse vibró con un pulso irregular, casi doloroso, como un corazón que late después de haber sido herido demasiadas veces.
Ian alzó la cabeza.
—Ciel…
Ella cayó de rodillas a pocos pasos de él.
No corrieron el uno hacia el otro.
No pudieron.
El vínculo estaba tenso, saturado de cosas no dichas.
—Te tocó —dijo ella, sin levantar la voz—. Más de lo que debía.
Ian tra