CAPÍTULO XXII
El regreso que no salva
Ciel no volvió envuelta en luz.
Volvió agotada.
El asentamiento la sintió antes de verla: el eclipse vibró con un pulso irregular, casi doloroso, como un corazón que late después de haber sido herido demasiadas veces.
Ian alzó la cabeza.
—Ciel…
Ella cayó de rodillas a pocos pasos de él.
No corrieron el uno hacia el otro.
No pudieron.
El vínculo estaba tenso, saturado de cosas no dichas.
—Te tocó —dijo ella, sin levantar la voz—. Más de lo que debía.
Ian tragó saliva.
—Intentó quedarse.
Eren observaba desde un rincón, abrazándose las rodillas.
—Lo escuché —susurró—. Se enfadó cuando dijiste que no.
Ciel cerró los ojos.
—Eso es malo.
El aire cambió.
No frío.
Expectante.
—Ya no está probando límites —continuó—. Está buscando ruptura.
El vacío apareció entonces.
No como sombra.
No como voz.
Como presencia total.
El cielo se oscureció, pero no era noche: era ausencia de significado.
—Dos anclas —dijo—. Dos grietas. Qué hermosa simetría.
Ian se levantó