El sonido llegó primero como un murmullo.
Un crujido entre los árboles, apenas perceptible, pero distinto al movimiento natural del viento.
Ciel lo reconoció de inmediato: pasos. Varios.
Dejó el palito del helado a un lado y se incorporó sin hacer ruido. Ian ya estaba de pie, con los sentidos agudos, los ojos entornados, buscando el origen del ruido.
El niño seguía dormido, pero su pulso comenzó a alterarse, como si su sangre respondiera a una presencia cercana.
—Están aquí —murmuró Ciel.
Ian a