—¡Ian, no! —gritó Ciel con todas sus fuerzas, pero su voz se perdió entre el rugido del fuego.
El cuerpo del chico tembló, las venas de su cuello se marcaron como raíces negras bajo la piel, y por un instante sus ojos se volvieron completamente rojos.
El aire se hizo pesado, vibrante, cargado de energía. Las brasas danzaban alrededor como si fueran atraídas por él, girando en una espiral que lo envolvía todo.
Ciel corrió hacia él, pero algo invisible la detuvo: una barrera, una presión inmensa