La suite del hotel se llenó de abrazos, lágrimas y risas nerviosas. Mateo y Emma se aferraban a sus padres como si temieran que desaparecieran en cualquier momento. Valeria no podía soltarlos. Cada vez que cerraba los ojos veía el almacén, los disparos y el rostro asustado de Lucas.
Diego estaba sentado en el sofá, con Emma en su regazo y Mateo pegado a su costado. Tenía el rostro golpeado, pero intentaba sonreír para tranquilizar a los niños.
— ¿Ya se fueron los hombres malos, papá? — preguntó