Mia
Mi silencio fue su respuesta. No podía decir la palabra, pero mi cuerpo ya había elegido por mí. Mis piernas se aflojaron, cayendo abiertas sobre la alfombra, una rendición muda ante el depredador que me inmovilizaba.
Roman sonrió, una mueca carente de calidez pero cargada de satisfacción.
—Buena chica —susurró.
No guardó el arma. Continuó el recorrido descendente del cañón, bajando por mi estómago plano, trazando una línea helada que hacía que mis músculos se contrajeran. Llegó al borde de mi ropa interior. Con un movimiento hábil, usó la punta del cañón para enganchar la tela y apartarla hacia un lado, dejando mi intimidad totalmente expuesta a su mirada y al aire frío de la habitación.
—Mírate —dijo con voz ronca—. Estás temblando de miedo, pero aquí abajo estás invitándome a entrar.
Llevó el cañón frío del arma directamente a mi entrada. El contacto del metal helado contra los pliegues hinchados y calientes de mi vagina me arrancó un gemido agudo. Roman presionó ligeramente, f