Mia
Mi silencio fue su respuesta. No podía decir la palabra, pero mi cuerpo ya había elegido por mí. Mis piernas se aflojaron, cayendo abiertas sobre la alfombra, una rendición muda ante el depredador que me inmovilizaba.
Roman sonrió, una mueca carente de calidez pero cargada de satisfacción.
—Buena chica —susurró.
No guardó el arma. Continuó el recorrido descendente del cañón, bajando por mi estómago plano, trazando una línea helada que hacía que mis músculos se contrajeran. Llegó al borde de