Sage
—Ese árbitro es un imbécil, hermano. Estaba ciego, ni siquiera sé por qué…
Rodé los ojos en silencio. Era la tercera vez en la noche que mi novio se quejaba del maldito partido con sus amigos.
Su brazo descansaba sobre mis hombros con la misma apatía con la que alguien se apoya en un mueble. Llevaba dos horas siendo exactamente eso. Un puto adorno.
La música estaba siendo insoportable, las luces de neón me estaban haciendo doler la cabeza y el olor a cerveza mezclada con un perfume dulce